Deseos de pedagogía: Lxs educadores del sexo en tiempos virales (relato en 3 escenas)

Escena 1*

El año 2016 el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA) en conjunto con el Ministerio de Salud de Chile informaban el incremento de casos nuevos de infección en América Latina entre los años 2010 y 2016, posicionando a Chile como el país con el mayor aumento de la región con un 34%. Un año más tarde, los 5.816 casos constatados a lo largo del 2017 sugerirían un nuevo aumento en el país, posicionando a las personas entre 15 y 25 años de edad como el grupo de mayor riesgo.

La alarma pública que esto gatilló fue animada por la multiplicación de reportajes y notas periodísticas que circulan hasta hoy por diversos medios, así como el pronunciamiento de autoridades y expertos sobre la materia, principalmente médicos, integrantes de sociedades científicas y funcionarios del estado ubicados en el área pública de la salud. En medio de esta profusa erupción de voces una práctica recurrentemente interpelada es la educación sexual, juzgada como obsoleta, limitada, inoportuna o ausente.

Sería justo preguntarse sobre los poderes de la educación sexual, cada vez que esta es conjurada por quienes suponen que en ella descansa una solución para la epidemia del VIH/SIDA. Más aún considerando el modo en que esta práctica ha sido recurrentemente invocada como lugar común en el debate público reciente, a la luz de diversas cuestiones como el embarazo adolescente, la violencia de género o la interrupción voluntaria del embarazo. En todas estas invocaciones podríamos preguntarnos, además, qué es lo que se entiende por educación sexual (y si acaso ésta no ha operado ya inadvertidamente), los escenarios esperados de su emplazamiento y las personas responsables de su implementación, así como los supuestos que operan a la base la combinación entre educación y sexualidad.

Siguiendo estas interrogantes, podemos ensayar algunos ejercicios de ruptura sobre el misticismo de la educación sexual, develando y haciendo explícitas algunas de las implicancias que conllevan sus frecuentes invocaciones. En este sentido, un primer asunto a señalar es la escuela como el escenario privilegiado en que se espera la instalación de esta práctica y, con ello, la responsabilización de los docentes y asistentes de la educación en el marco de las sucesivas e inconstantes políticas estatales en torno a la educación en sexualidad. Esta interpelación política a la escuela, en conjunto con la demanda pública por la educación sexual, ha contribuido a generar un discurso sobre el trabajo docente que los posiciona como los nuevos educadores del sexo.

A pesar que esta formulación no es nueva -la sexualidad ocupa un lugar antiguo en la escuela en los confines del currículum de biología y más recientemente orientación- la agitación pública por cuestiones signadas como valóricas o relativas a la justicia social ha investido a la práctica docente de un conjunto de expectativas sociales sobre al rol de los educadores y el protagonismo de la institución escolar. Esta investidura ha transitado desde la enunciación difícil o censurada de la sexualidad en las políticas y campañas chilenas en torno al VIH/SIDA, hasta la escena actual donde abundan quienes se abanderan por la educación sexual.

En este sentido, cabe recordar la primera campaña mediática que surgió en Chile en un momento en que comenzaba la alarma sanitaria y epidemiológica sobre el VIH/SIDA, en plena recuperación de la democracia y durante el primer gobierno de transición con Patricio Aylwin como presidente de la república. Haciendo un juego de palabras que movilizaba estrategias de identificación pública con el SIDA, los significantes “infectado” y “afectado” se intercambiaron movilizando una estrategia de contagio no biológico, sino moral. Esto entra en sintonía con el conocimiento aún escaso que en ese entonces se tenía sobre el SIDA. Como señala Sontag (1998) “basta ver una enfermedad cualquier como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, sino literalmente, contagiosa” (p.13)

¿Qué ocurre con lxs profesorxs cuando deben hablar sobre el VIH/SIDA? ¿Como han sido afectados, cuando no infectados, los docentes en ejercicio? ¿Cómo los discursos públicos han moralizado su labor de formas específicas? ¿Cuáles han sido las pedagogías visibles o inadvertidas que hacen contexto para esta práctica?

Un buen ejemplo reside en los objetos pedagógicos que abordan el VIH en la escuela. Como el libro “Donde vuelan los cóndores, una pesadilla”(1), regularmente utilizado por 1 docentes hasta el día de hoy. Un libro escrito a inicios de los años 90, que escenifica una visión dramática, fatalista e irreversible del SIDA.

Escena 2**

Contemporáneamente, en un contexto de formalización de los discursos y prácticas preventivas en la educación sexual escolar, se puede suponer una moralización de los profesores que las vehiculizan. Sonia Correa (2015) ha sugerido que la criminalización de la transmisión del VIH en Brasil opera como una pedagogía social que contribuye al estigma y la discriminación de grupos y personas específicas sometidas no solo al etiquetamiento sino al rigor de la ley penal. Siguiendo esta línea, podríamos preguntarnos cómo el tratamiento usualmente realizado por los medios periodísticos ha conformado otra pedagogía social que moldea las creencias populares sobre el VIH/SIDA, instalando ideológicamente concepciones sobre el virus y sus portadores efectivos o potenciales, concepciones que se mantienen inadvertidas y difícilmente politizadas en la escuela, considerando la biologización de esta materia en el curriculum.

Y es que la educación sexual aparece como el dispositivo que, al ser movilizado por los discursos de la prevención, establece los márgenes normativos de la sexualidad deseable. Lo que se previene es precisamente aquello que quiere evitarse, ubicándolo en un lugar abyecto por medio de la asignación de adjetivos como “riesgoso”, “insalubre” o “insano”. En parte, esto explica que en el reverso de estos adjetivos la educación sexual sea anudada a la afectividad, traducida recurrentemente como el “amor” y la “autoestima” que se espera recubran el sexo. La afectividad que apellida al sexo nos recuerda el título de la comedia popular chilena dirigida por Boris Quercia “Sexo con amor”, donde Sigrid Alegría personifica a Laura, una profesora secundaria que abre un debate sobre la sexualidad con los apoderados de sus alumnos de 4to básico.

Escena 3***

Entonces ¿Cómo se han afectado los docentes por el VIH/SIDA? ¿Cómo se ha afectado la escuela? ¿Cómo nos hemos afectado quienes pasamos por ella? ¿quienes trabajamos en y con ella? La recientemente estrenada película de Robin Campillo “120 pulsaciones por minuto”, contiene una escena que inicia con la siguientes palabras, emitidas por un profesor en una clase de literatura: “Como alguien que no quiere ser buscado o amado, tenía miedo de tu silencio y me fui. Todo palidece, temiendo que mi salvación pueda haber ofendido tu ojo”.

Yo nací en los tiempos del SIDA, dos años después de la muerte del primer enfermo diagnosticado con esta enfermedad en Chile. También eran los tiempos en que la sodomía era penalmente sancionada en Chile. Y así fue hasta 1999 cuando yo tenía 13 años y la ley cambió. Aunque no necesariamente la textualidad social y pedagógica en torno al contagio, la infección, la inmunología y el estigma que conforman el cuerpo retórico del VIH/SIDA en la escuela. Es más, al ser parte de las infecciones de transmisión sexual, junto a la anticoncepción y la reproducción humana, el VIH/SIDA conforma una de las temáticas ineludibles de los currículos actuales en educación sexual. Mi propio estudio sobre esta materia devino en disciplinar cuando me formé como monitor universitario en salud sexual y, más tarde, como profesor de educación sexual.

Pero en los márgenes de la infectología, la epidemiología y la salud sexual, reside un saber encarnado tanto o más importante que el saber biomédico. Lo que aprendí sobre el VIH/SIDA pendula entre mi posición como profesor de sexualidad y como marica. Entre el deseo y la necesidad de saber. Entre lo profesional y lo sentimental. Entre la escuela y el sexo. Entre los tratados de medicina, los libros de educación sexual y mis propias experiencias de encuentros y desencuentros con personas viviendo con VIH. El saber acomulado en superficies textuales y capilares, de cuerpos que están y ya no están.

¿Y qué hace un profesor de sexualidad? Esta identidad práctica tiene que ver, de algun modo, con un conjunto de preguntas que me han acompañado a lo largo de los ultimos años ¿cómo se hace la educación sexual? ¿como abordo esto o aquello? ¿cómo se lo digo? ¿cuál es el término correcto? ¿qué hacemos con los apoderados? ¿desde qué edad comenzamos? (2) ¿cuáles son los temas? ¿en qué asignatura? ¿con qué frecuencia? ¿cuánto debe durar? Mi trabajo en educación sexual comienza con algunos principios que intentaré resumir en las líneas que siguen.

El primero de ellos es ejercitar un desplazamiento del saber que supuestamente detento y la autoridad para responder todas esas preguntas. Esto me genera mucha ansiedad. La edad promedio de los profesores en Chile es de 46 años y yo hoy tengo 32. Muchos profesores y profesoras son madres o padres y, si no lo son, llevan más tiempo que yo trabajando con niños, niñas y jóvenes. ¿porque habría de saber yo mejor que tú cuándo hablarle del condón o los métodos anticonceptivos? ¿o cómo hablarle sobre el VIH, el SIDA u otras infecciones de transmisión sexual? ¿explicarle qué es el consentimiento? ¿dónde está el consultorio o que allí puede encontrar consejería?

Las preguntas de los profesores se producen en un contexto de incitación discursiva sobre el sexo. Un objeto que ya no está confinado a los márgenes de lo íntimo, lo privado o lo familiar. Hoy es público, objeto de política pública, una materia disciplinar y un contenido en las escuelas. Estoy casi seguro que muchas de las preguntas que he recibido de los profesores es porque ellos mismos se ubican generacionalmente en un jaque que puede explicarse del siguiente modo: crecieron en generaciones donde el sexo no se tematizaba, tuvieron experiencias escolares sin educación sexual y hoy una ley les dice que tienen que hablar de sexualidad. Con justa razón los profesores más jóvenes no preguntan con la misma ansiedad que los más viejos.

Del desplazamiento del saber viene otro principio o más bien estrategia: convertirte en un espejo que refleje el propio saber del profesor. Esto no siempre es fácil, ya que implica movilizar muchos elementos simultáneamente: que el profesor se visualice como ser sexuado (con experiencias, creencias, historias y percepciones sobre la sexualidad), que reflexione sobre las convicciones e ignorancias que sus experiencias en relación a la sexualidad han producido y que reconozca esa experiencia elaborada como una fuente de saber legítima para su recontextualización pedagógica. El efecto que ello trae es mi aminoramiento como experto (y la disipación de mis propias ansiedades) y el agenciamiento de los propios profesores. La confianza que han perdido con la invasión de profesionales expertos es una constante fuente de denigración al trabajo pedagógico. Por eso la voz de los profesores tiene que ser central y es algo que me tomo muy en serio.

Normalmente mi trabajo con profesores ha transcurrido en espacios de tiempo delimitado y en las mismas escuelas, en el marco de actividades puntuales de capacitación. Por la misma razón, casi siempre ha sido un trabajo colectivo y contadas veces individual. El desarrollo de la estrategia descrita en el párrafo anterior demanda, por ende, un clima distendido y de confianza que no siempre es fácil lograr. Por la misma razón, no puedo convertir esos espacios en jornadas de transmisión de información o un entrenamiento técnico en metodologías para la educación sexual. Los profesores traen preocupaciones y ansiedades recurrentes y legítimas en relación al contexto de exigencias que conllevan las políticas educativas en sexualidad. La sexualidad de niñxs y jóvenes tampoco es la de antes.

Algo que usualmente hago para comenzar es contar una historia. Pero no cualquier historia, sino la historia de la educación sexual en Chile. “¿cuándo creen ustedes que comenzó?” -pregunta para romper el hielo. Los profes comienzan a ensayar respuestas: “en los 60 con la pastilla”, “en los 80 con el SIDA”, “yo me acuerdo de las campañas de Frei”, “cuando yo era chica…”. Invitación a la memoria. El mundo no ha pasado por nosotros sin dejarnos pistas y podemos recorrerlas juntos. Comenzar con la historia de la educación sexual sirve para varias cosas: cuestionar la creencia que lo que nos tiene reunidos es pura contingencia, ubicarnos generacionalmente en las transiciones culturales que nos permiten hablar hoy sobre esto o aquello, pero, sobretodo, que no estamos solos en esta tarea. Hay una historia que no une y nuestras propias historias han transcurrido a través de ella. He contado tantas veces esa historia que la presentación que diseñé originalmente no ha dejado de crecer con nuevas pistas que me ofrecen los profesores: en nombre con que se llamaba a la sífilis en los años 30, el reportaje en la revista Paula sobre la pastilla en los 70, la ley que existió a finales de los 90 sobre madres adolescentes…

De pronto dejo de sentir mis treintaytantos años y me veo detentando una memoria que es tan mía como del profesor de 46. Nos reunimos en esta historia coral que nos tiene aquí riendo, enojandonos, en consenso o disenso sobre los más diversos temas que han entrado en este enjambre de la educación sexual. Y de la historia pasamos a las historias: los relatos de los profesores, sus inquietudes y el ejercicio de los principios que anteriormente mencionaba: desplazarse, espejear, colectivizar. Después de todo, hay un último principio que mencionar. No estoy tan seguro que la educación sexual tenga que ser una materia. Me he visto afirmandolo y rechazandolo con el mismo fervor. Por eso en mi trabajo con profesores me escapo de lo técnico (cuando he podido y me han dejado) para refugiarme en las historias y las conversaciones. En un saber que circula hasta perder su autoría. En el humor, la curiosidad y la picardía que en tantos espacios nos acompañó a los profesores y a mi en los talleres de educación sexual. El último principio es con algo que me contento cuando avanza nuestro encuentro: fisurar aquella clausura a la que se somete la escuela y el cuerpo docente cuando se expulsa la sexualidad y no se habilita su tematización colectiva ni su circulación como erótica, con los placeres y los dolores que ello trae, las ansiedades y las convicciones, sus límites y riesgos. Quizás mi trabajo en educación sexual sea ese: una regeneración de los placeres para la pedagogía.

(*) Ver Informe Especial “El retorno del SIDA”. Enlace directo: https://www.youtube.com/watch?v=79AryuZpnLE (extracto 2’50’’ – 6’21’’)

(**) Ver película “Sexo con amor” de Boris Quercia (2017). Enlace directo: https://www.youtube.com/watch?v=EAIFK7srOo4 (extractos 1’00’’ – 3’31’’ y 12’13’’ – 19’21’’; video removido por contenido explícito)

(***). Ver película “120 battements par minute” de Robin Campillo (2017) (extracto 38’14’’ – 41’19’’)

Notas

1. Se puede acceder a este libro online a través del siguiente enlace: https://sannicolasbiblioteca.files.wordpress.com/2015/04/donde-vuelan-los-condores.pdf 

2. Todas son preguntas frecuentes, pero esta es especialmente recurrente. Los lenguajes de la sexualidad producen una ansiedad comprensible en los profesores. En uno de mis últimos trabajos antes de viajar a Barcelona hice (finalmente) el ejercicio de construir un completo glosario de terminologías para la educación en sexualidad que pueden servir como un alfabeto para el profesor de sexualidad. El documento completo está disponible en el siguiente enlace: https://docs.wixstatic.com/ugd/be294a_f1c08a42bf574e10a5401187c7d71b3f.pdf